
Peumo, el viñedo, la historia y la copa. Una conversación con Marcio Ramírez, “Mr. Carmenere”
Hay historias que comienzan con una botella. Esta comienza mucho antes: en las hojas de una planta, en un viñedo donde durante años nadie supo exactamente qué variedad estaba cultivando.
El Carmenere tiene algo de paradoja. Durante décadas estuvo presente en Chile sin que los chilenos supieran que lo estaban bebiendo. Fue confundido con Merlot, creció mezclado en los mismos viñedos y cuando finalmente fue identificado en 1994, terminó revelando una identidad que hoy forma parte inseparable del vino chileno.
En el episodio de Vinos con Maripepa dedicado a “Peumo y los Carmenere de Viña Concha y Toro”, del canal De Tripas Corazón Vinos, el enólogo Marcio Ramírez, conocido como “Mr. Carmenere”, conduce la conversación hacia uno de los territorios donde esta variedad parece haber encontrado su lugar natural: Peumo, en el Valle del Cachapoal.
Más que una clase de viticultura, el encuentro termina siendo una conversación sobre territorio, paciencia, memoria y evolución.
Y sobre una cepa que, después de tantos años, finalmente aprendió a hablar con voz propia.
PEUMO: EL LUGAR DONDE LA ESPERA SE
CONVIERTE EN VINO
Para entender el Carmenere hay que entender primero su necesidad más básica: tiempo. No es una variedad que tenga prisa. Mientras otras cepas tintas pueden llegar a la cosecha durante febrero o marzo, el Carmenere necesita permanecer más tiempo en la planta, incluso hasta avanzado el otoño y en determinadas condiciones, hasta principios de mayo.
Eso convierte al lugar donde En Peumo, la geografía juega a favor. La zona está protegida por cerros y recibe la influencia del Lago Rapel y del río Cachapoal, combinación que contribuye a un clima estable y particularmente importante, a evitar heladas tardías.
Para el Carmenere, esta condición es fundamental. La planta necesita conservar su follaje durante más tiempo para completar lentamente la maduración de sus racimos. Si se interrumpe demasiado pronto ese proceso, aparecen las notas herbáceas que durante años fueron uno de los principales desafíos de la variedad.
Peumo ofrece, además, otro elemento clave: suelos extremadamente profundos, que pueden alcanzar hasta dos metros sin piedras.
Ramírez explica que el Carmenere no necesita vivir bajo un estrés excesivo. Necesita condiciones de “relax”.
Y quizá ahí está una de las claves para comprender el carácter de los vinos de este lugar.
El Carmenere no se fuerza ,Se espera, es un factor decisivo.

UNA VARIEDAD QUE ESTUVO AHÍ TODO
EL TIEMPO
La historia del Carmenere chileno tiene un capítulo casi cinematográfico. Durante décadas, las plantas de Carmenere fueron consideradas Merlot. La similitud entre ambas variedades en el viñedo hizo que nadie cuestionara demasiado esa identificación.
El Carmenere, además, era considerado desaparecido en Europa después de la filoxera. Hasta que llegó 1994.
Ese año, un ampelógrafo francés identificó las diferencias entre aquellas plantas y confirmó que lo que se consideraba un “Merlot tardío” era en realidad Carmenere.
El descubrimiento cambió la historia. Pero también reveló algo extraordinario: Chile había conservado una variedad que se creía perdida.
Peumo estaba entre los lugares donde aquellas plantaciones habían sobrevivido. Existen allí viñedos plantados desde 1983, mucho antes del redescubrimiento oficial.
Es imposible no pensar entonces en la cantidad de veces que los chilenos bebieron Carmenere sin saberlo de ahí que la expresión de Ramírez —“nos corre Carmenere por la sangre”— tenga una fuerza especial. No se trata solamente de una metáfora.
Es la historia de una variedad que estuvo presente durante décadas en la cultura vitivinícola del país, aunque su verdadero nombre permaneciera oculto.
CÓMO RECONOCER UN CARMENERE
En una cata a ciegas, Ramírez propone prestar atención a tres elementos: color, aroma y boca.
El primer indicio aparece incluso antes de acercar la copa.
El Carmenere suele presentar un púrpura profundo y oscuro, mientras que el Merlot tiende a mostrar una tonalidad más pálida.
En el viñedo también existe una pista reveladora. Cuando llega el otoño, las hojas del Carmenere adquieren un rojo intenso antes de caer. El Merlot, en cambio, tiende hacia tonos amarillentos y luego café.
Después llega la nariz. El Merlot se mueve hacia la fruta roja: guinda, frutilla y un toque de hojarasca.
El Carmenere conduce hacia frutas más oscuras y especias, con una nota especialmente característica: pimienta negra. Y finalmente aparece la boca.
Aquí la variedad muestra una de sus señas más reconocibles: mayor peso y una textura sedosa, aterciopelada, que puede recordar al chocolate negro.
No es una diferencia menor. Es parte de la personalidad del Carmenere.
DE “MAQUILLAR” EL CARMENERE A
DEJARLO HABLAR
Quizás uno de los cambios más interesantes de la historia reciente de esta variedad ocurrió en la bodega.
Durante un periodo, el carácter herbáceo del Carmenere era algo que la industria buscaba ocultar.
La solución pasaba por utilizar más madera y mezclas que permitieran “maquillar” la variedad.
Pero la mirada cambió. Desde aproximadamente 2014, la tendencia comenzó a orientarse hacia una menor presencia de madera y una búsqueda más clara de la fruta, la sedosidad y la elegancia.
El objetivo dejó de ser esconder la personalidad del Carmenere.
Pasó a ser comprenderla. Y eso cambia completamente la conversación.
Porque cuando un vino deja de intentar parecerse a otra cosa, empieza a mostrar de dónde viene.

TERRUNYO: LA FRUTA COMO
PROTAGONISTA
La degustación lleva la conversación a una de las expresiones más emblemáticas del Carmenere de Peumo: Terrunyo, vinculado al Cuartel 27.
Ramírez lo presenta como un vino fácil de beber, fluido, con taninos que no resultan agresivos y con una marcada presencia de fruta.
Su color púrpura es intenso y sus notas especiadas son reconocibles.
Pero quizás la característica que mejor resume la evolución del Carmenere aparece en una idea sencilla: menos madera, más fruta.
El vino busca expresar con claridad el carácter de la variedad.
Y hay un detalle interesante: esa facilidad para beber no significa renunciar a la capacidad de guarda. Terrunyo también muestra una importante capacidad de envejecimiento en botella.
Todo ello con un origen muy preciso: el Cuartel 27 de Peumo, un sector de vigor equilibrado que entrega fruta fresca.
CUANDO UN ENÓLOGO HABLA DE
OTROS
Hay otro momento de la conversación que merece especial atención.
Cuando Ramírez habla del Carmenere chileno contemporáneo, no se limita a las etiquetas de Viña Concha y Toro.
Habla también de otras expresiones. Y menciona a Clos de Luz, (También ubicada en el Valle de Cachapoal) cuyos vinos destaca porque le parecen especialmente ricos en boca.
Es un detalle que puede pasar rápidamente en una conversación, Más allá del ámbito del vino, este hecho resulta relevante .
Ramírez está hablando de otros productores con reconocimiento y respeto.
No plantea el Carmenere como una competencia donde existe una única expresión correcta. Lo entiende como una variedad capaz de revelar distintas personalidades dependiendo del territorio y del trabajo de cada productor.
Menciona también el carácter más poderoso que pueden tener los Carmenere de Apalta, mientras que describe los de Peumo como más elegantes y refinados.
La conclusión es quizás una de las mejores noticias para esta cepa: hoy existe diversidad, pero también calidad.
Y esa combinación permite que el Carmenere pueda ser interpretado de diferentes maneras y acompañado en distintas ocasiones.
CUATRO VINOS, CUATRO MOMENTOS
EN LA MESA
El Carmenere no termina en la copa. También conversa con la cocina.
Y Marcio Ramírez propone maridajes que permiten entender los diferentes estilos.
Terrunyo: directo a la parrilla
Su frescura y buena acidez lo llevan hacia las carnes. Anticuchos y filete aparecen como compañeros naturales.
Marqués de Casa Concha: cocina de casa Aquí el vino pide platos reconfortantes. Lasaña de carne o berenjenas, pastel de papas y pastel de choclo forman parte de la propuesta.
Marqués Blue: menos es más Su complejidad y elegancia hacen que Ramírez prefiera disfrutarlo solo.
Aunque unos quesos maduros también pueden acompañarlo.
Concha y Toro Carmenere: volver a Chile
Y aquí el maridaje se convierte prácticamente en un viaje por la cocina tradicional: charquicán con huevo frito, lentejas o pantrucas.

UNA COPA CON MEMORIA
El Carmenere chileno tiene una historia difícil de resumir en una sola botella. Es la historia de una variedad confundida con otra. De viñedos que conservaron plantas durante décadas. De un redescubrimiento que cambió la viticultura chilena.
De enólogos que tuvieron que aprender a esperar. De una industria que pasó de intentar esconder sus características a buscar su expresión más auténtica.
Y también es la historia de un territorio. Peumo no aparece en esta conversación simplemente como un lugar donde se cultiva Carmenere. Aparece como un escenario que permite que la variedad complete su largo ciclo y revele una expresión particularmente elegante y refinada.
Quizás por eso, al final, la frase de Marcio Ramírez resume mejor que cualquier descripción técnica el vínculo entre esta cepa y Chile.